Mis recorridos en la espiritualidad mágica (Parte 3)

Mis búsquedas, mis charlas y mis inquietudes me llevaron a conocer los cultos afrobrasileños a una edad bastante temprana. En aquel entonces casi no había material escrito, y lo poco que circulaba eran pequeños libros con información muy general sobre lo que eran —o, mejor dicho, quiénes eran— Exu y Pomba Gira, además de algún que otro espíritu de la Umbanda, como los Caboclos.

Todos esos libros dejaban algo muy claro: estos cultos solo podían practicarse formando parte de ellos, con una preparación dentro de un templo y de la mano de un Pai o una Mãe de Santo, un Cacique de Umbanda o un maestro de Kimbanda.

No me llevó demasiado tiempo dar con un templo. Por algún motivo, la ciudad donde vivía tenía —y creo que todavía tiene— una gran variedad para elegir, así que escogí uno que me quedaba en una zona céntrica.

Llamé por teléfono y manifesté mi deseo de conocer la religión. Para mi sorpresa, me dijeron que el viernes siguiente habría una sesión de Kimbanda abierta a cualquiera que quisiera asistir.

No puedo negar que tuve mis dudas. Las religiones afrobrasileñas, en todas sus formas, siempre habían cargado con una reputación bastante negativa, y la palabra Kimbanda estaba asociada al mal, a la magia negra y a espíritus que, cuanto menos, eran considerados peligrosos.

Pero mi curiosidad fue más fuerte. Me animé y fui.

Es difícil explicar lo que viví en ese momento. Yo era muy joven y todo tenía un impacto enorme sobre mí. Ese día había una fiesta, así que las personas que iban a incorporar estaban vestidas de una manera, cuanto menos, muy singular: vestidos largos, capelinas, gente de traje. El lugar estaba en penumbra, iluminado sobre todo por velas, mientras sonaban los tambores y los cánticos en portugués.

Yo no entendía absolutamente nada. Solo veía gente que daba vueltas y que, de pronto, empezaba a reírse de una manera bastante extraña. Fumaban, tomaban, bailaban, cantaban, y yo pensaba: “Esta gente está toda loca. ¿Qué estoy haciendo acá y cómo hago para irme sin que nadie se ofenda?”.

En un momento se me acercó una Pomba Gira y me dijo algunas cosas que me dejaron impactado. Yo sentía que podía percibir con claridad al espíritu dentro del médium. No era la primera vez que tenía una experiencia así, pero aquello era distinto; se trataba de otro tipo de espíritus.

Después de eso pedí permiso para retirarme y, sin ningún problema, me fui a mi casa.

Tengo que confesar que les había mentido a mis padres. Les dije que iba al cumpleaños de un compañero, pero tenía una hora límite para volver y no quería que me retaran.

Cuando llegué a casa me quedé pensando en todo lo que había pasado. No podía dejar de tararear uno de los cánticos que había escuchado durante la sesión y, en un momento, pensé: “Sí, esto es lo que quiero hacer”.

Pasó poco tiempo antes de que buscara otro templo. No sé bien por qué, pero el primero al que había ido tenía algo que no terminaba de gustarme. Sentía que no era mi lugar.

Fue entonces cuando conocí a quien sería mi primera Mãe de Santo, Marta de Oxum. Era una mujer mayor, jefa de enfermeras en uno de los hospitales más importantes de la ciudad. Vivía en un barrio complicado, pero aun así decidí arriesgarme e ir a conocerla.

Me gustó mucho la charla que tuvimos. Fue honesta conmigo desde el principio y me invitó a quedarme ese mismo día, aunque me advirtió que iba a haber un corte —una faena de animales ofrecida a los Orixás—. Yo le respondí con la misma honestidad: no estaba preparado para algo así.

Entonces me invitó a volver unas semanas después para una sesión de Kimbanda, algo más íntimo y, en principio, más acorde con lo que yo estaba buscando.

Ahí arrancó todo. Conocí gente increíble, entre ellas a quien sería mi madrina, Cristina de Yemanjá, que trabajaba con una Pomba Gira Mulambe y un Exu do Lodo. Siempre voy a estar agradecido por todo lo que hicieron por mí y por todo lo que me enseñaron.

Con esta Mãe tuve mis primeras entidades, tanto en Kimbanda como en Umbanda. Por eso puedo decir que, sin ella, no habría podido hacer nada de todo lo que vendría después.

Me quedé allí durante algunos años. Hice algunos suelos —retiros espirituales dedicados a mi Orixá— y, si se lo preguntan, soy hijo de Bará Agelú.

La religión me parecía hermosa, pero el drama también estaba a la orden del día. En un momento empezaron a circular rumores de que yo estaba teniendo un amorío con una hermana de religión que, a su vez, tenía una relación con alguien de mayor rango que yo. Aquello terminó convirtiéndose en un problema, porque esa persona empezó a hacerme la vida imposible.

Yo era muy joven y siempre supe que era gay, pero en aquel entonces todavía no había salido del armario y no sabía cómo manejar una situación así. No poder decir abiertamente lo que me pasaba terminó dejándome sin demasiadas opciones, y finalmente decidí irme.

El bullying volvía a aparecer en mi vida, solo que esta vez venía de alguien que me doblaba en edad.

Fue triste, pero no podía seguir allí. Así que empecé a deambular por distintos lugares hasta que pasé una buena temporada en un templo donde solo se trabajaba con Umbanda y Kimbanda. Ese espacio me dio tiempo para desarrollarme y profundizar en la práctica.

Sin embargo, el templo terminó disolviéndose, ya que quienes lo dirigían eran pareja y acabaron divorciándose.

Seguí un poco por acá y un poco por allá, pero sin quedarme demasiado tiempo en ningún lugar. Finalmente di con un templo en la capital. Allí terminé todas mis obligaciones dentro de Umbanda y recibí el casicado. A una edad bastante temprana, ya era sacerdote.

Pero yo quería más. Aquello no me bastaba, así que seguí buscando.

Para aquel entonces ya había internet y terminé dando con la Wicca. Si mal no recuerdo, tendría unos quince años, más o menos. La Wicca me gustaba; era lo que había disponible para mí en ese momento y, de alguna manera, encajaba con lo que estaba buscando. Así que también empecé a seguir ese camino.

A los dieciséis años empecé a trabajar en radio. Leía el tarot en un programa esotérico, la pasábamos muy bien y siempre había invitados.

Y un buen día apareció el personaje más extraño que podía haber conocido: Claudio. Tenía un aura de misterio y enseguida supuse que estaba metido en muchas de las cosas que a mí me interesaban.

Así que un día lo contacté y le dije: “Claudio, quiero hacer un pacto con el Diablo y creo que vos me podés ayudar”. Ahí comenzaría un largo camino de amistad, entrenamiento mágico, psicopatías y varias cosillas más… pero eso se los contaré en la próxima.

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