El uso de la IA generativa en la espiritualidad mágica

Hace tiempo que vengo dándole vueltas a este tema. Durante bastante tiempo no tuve del todo claro si quería hablar de ello o simplemente dejarlo pasar, pero finalmente llegué a la conclusión de que, teniendo una opinión formada al respecto, vale la pena ponerla sobre la mesa. No con la intención de establecer una verdad definitiva, sino de aportar una mirada personal a una discusión que cada vez ocupa más espacio, especialmente dentro de los ámbitos esotéricos.

En las redes sociales parecen haberse formado dos posiciones bastante marcadas. Por un lado, encontramos personas que utilizan la inteligencia artificial generativa prácticamente para todo. No se trata únicamente de crear una imagen para promocionar una consulta, diseñar un cartel o generar algún elemento gráfico para sus redes. En algunos casos, la IA interviene en casi la totalidad de lo que producen: textos, publicaciones, cursos, rituales, interpretaciones, libros e incluso contenidos que posteriormente son presentados como parte de un conocimiento o una práctica personal.

En el extremo opuesto encontramos una reacción casi completamente contraria. Personas que rechazan de plano el uso de la inteligencia artificial generativa dentro de cualquier asunto relacionado con la magia, la brujería, el ocultismo o la espiritualidad. En algunos espacios, esta oposición ha dejado incluso de ser una simple postura individual para convertirse en campañas explícitas contra su utilización, particularmente cuando se trata de producir contenido esotérico.

Entre un extremo y el otro parece haberse instalado una discusión que, en mi opinión, resulta bastante más compleja de lo que muchas veces se presenta. Porque quizá la verdadera pregunta no sea simplemente si debemos utilizar o no inteligencia artificial, sino **qué estamos haciendo con ella, para qué la utilizamos y, sobre todo, qué lugar le concedemos dentro de nuestra propia práctica y producción intelectual.

En el mundo esotérico en general, se siga la corriente que se siga, es raro —y a veces casi imposible— que nos pongamos completamente de acuerdo. De hecho, quizá una de las pocas cosas en las que muchos podríamos coincidir es precisamente en que no vamos a coincidir en todo.

Somos personas complejas, atravesadas por experiencias, creencias, prácticas y formas de entender lo espiritual que pueden ser muy diferentes entre sí. Y, como suele ocurrir cuando algo forma parte importante de nuestra identidad, tendemos a defender a capa y espada aquello en lo que creemos y la manera en que hacemos las cosas. El problema comienza cuando olvidamos que nuestra experiencia personal no constituye necesariamente una verdad universal.

Puede ocurrir perfectamente que lo que hace otra persona no me guste, no me represente o incluso me parezca una mala práctica. Y eso, por sí solo, no supone ningún problema. No estoy obligado a consumir su contenido, comprar sus libros, asistir a sus cursos ni compartir su manera de entender la magia o la espiritualidad. Puedo simplemente apartarme y seguir mi propio camino.

Lo que resulta más problemático es cuando pasamos de expresar una opinión o establecer un límite personal a asumir el papel de una suerte de caballeros de la moral esotérica, recorriendo las redes para dictaminar cómo deben hacerse las cosas, qué prácticas son legítimas y cuáles no, quién puede hablar de determinados temas y quién debería guardar silencio. Como si, entre todas las personas que transitan estos caminos, nosotros hubiéramos tenido la fortuna de recibir la versión definitiva de la verdad.

Y quizá ahí convenga recordar algo bastante elemental: dentro del esoterismo, la diversidad de perspectivas no es una anomalía, sino prácticamente una constante. Podemos discutir, cuestionar, criticar e incluso rechazar determinadas formas de hacer las cosas, pero eso no convierte automáticamente nuestro criterio en una medida universal para juzgar la práctica ajena.

Con la inteligencia artificial está ocurriendo algo bastante particular. Todo indica que ha llegado para quedarse, como sucedió antes con tantas otras transformaciones tecnológicas. Internet fue una de ellas; la piratería digital, con todas sus consecuencias, fue otra. Nos guste o no, ambas modificaron profundamente la manera en que producimos, consumimos y compartimos información. Hubo personas que se beneficiaron enormemente de esos cambios y otras que resultaron perjudicadas. Con la IA estamos viendo un proceso parecido, aunque todavía estamos demasiado cerca del fenómeno como para saber hasta dónde llegará.

Y sí, sería ingenuo negar que su expansión también está provocando perjuicios reales.

Voy a poner un ejemplo muy sencillo, cercano además al mundo esotérico. Cada vez hay más personas que, en lugar de pagar una consulta de cartomancia, una lectura de runas o la interpretación de una carta natal realizada por alguien con experiencia, prefieren pedirle a una inteligencia artificial que haga ese trabajo. Le muestran las cartas que salieron, le indican una tirada o le proporcionan determinados datos y esperan que responda como si del otro lado hubiera un cartomante, un runólogo o un astrólogo realizando una consulta.

Y acá, a mi entender, aparece uno de los límites más evidentes.

Una inteligencia artificial puede conocer los significados atribuidos tradicionalmente a una carta, una runa o una determinada configuración astrológica. Puede relacionar símbolos, construir interpretaciones coherentes e incluso producir una respuesta que suene profundamente significativa. Pero eso no significa que esté practicando adivinación.

Desde una perspectiva espiritual de la cartomancia o de otras artes adivinatorias, falta precisamente aquello que para muchos constituye una parte esencial del proceso: la experiencia humana, la intuición, la percepción del consultante y, dependiendo de las creencias de cada practicante, la posibilidad de establecer algún tipo de contacto con fuerzas, espíritus o realidades que trascienden la simple interpretación intelectual de símbolos. La IA no tiene intuición en el sentido humano o espiritual del término, ni podemos asumir que actúe como un canal hacia el mundo espiritual.

Puede interpretar. Puede asociar. Puede elaborar un discurso. Pero no necesariamente está adivinando.

Existe además otro problema. Una inteligencia artificial trabaja, en buena medida, con el contexto que nosotros mismos le proporcionamos. La manera en que formulamos una pregunta, la información que ofrecemos y hasta nuestras propias expectativas pueden influir enormemente en la respuesta que recibimos. Esto puede generar una especie de cámara de eco en la que aquello que obtenemos parece confirmar lo que ya deseábamos creer.

Y ahí aparece el riesgo del espejismo.

Una respuesta bien escrita, convincente o emocionalmente reconfortante no se convierte por eso en una verdad, del mismo modo que una interpretación que encaje perfectamente con nuestras expectativas no constituye necesariamente una revelación. Si utilizamos la IA únicamente para buscar confirmación de aquello que queremos escuchar, corremos el riesgo de transformar una supuesta consulta espiritual en una sofisticada forma de autoengaño.

Y eso, aunque resulte incómodo admitirlo, también forma parte de esta discusión.

Por otro lado, también resulta extraño pensar que una persona comprometida seriamente con una espiritualidad mágica, sea cual sea el camino que siga, delegue por completo en una inteligencia artificial la creación de sus propios rituales, sigilos, invocaciones o fórmulas de trabajo.

Porque, al menos desde mi manera de entender la magia, una parte fundamental del proceso consiste precisamente en construir aquello que vamos a utilizar. Escribir un ritual no es únicamente redactar una serie de pasos en un orden determinado. Elegir las palabras, definir la intención, establecer los símbolos, decidir qué se invoca, qué se rechaza, qué se ofrece y qué se espera obtener forma parte del acto mágico en sí mismo. Es una manifestación de la propia voluntad, pero también de la relación que cada practicante mantiene con su camino.

Lo mismo ocurre con un sigilo. Puede resultar tentador pedirle a una IA que diseñe uno en pocos segundos, pero entonces habría que preguntarse qué parte de ese símbolo pertenece realmente al practicante. Un sigilo no debería reducirse únicamente a una imagen visualmente atractiva: detrás de él hay una intención, una elaboración y, muchas veces, un proceso personal de concentración, condensación y significado.

Con una invocación sucede algo parecido. No se trata simplemente de encadenar palabras solemnes, nombres espirituales y fórmulas que suenen antiguas o poderosas. Una invocación debería surgir de una comprensión concreta de aquello con lo que se pretende trabajar, de una relación previa con esa fuerza y de una intención bien definida.

La inteligencia artificial puede asistir en el proceso. Puede ayudar a ordenar un texto, mejorar una redacción, sugerir estructuras o incluso servir como punto de partida para explorar una idea. Pero hay una diferencia importante entre utilizar una herramienta como apoyo y entregarle por completo la construcción de aquello que después pretendemos presentar como expresión de nuestra propia práctica.

Si todo el ritual, el sigilo o la invocación han sido creados externamente y nosotros apenas los aceptamos porque “suenan bien”, entonces quizá convenga preguntarnos dónde quedó nuestra participación real en el proceso mágico.

Cuando este tipo de delegación se vuelve habitual, la espiritualidad corre el riesgo de vaciarse de contenido. No porque toda herramienta tecnológica sea incompatible con lo mágico, sino porque existe una diferencia enorme entre utilizar una herramienta y permitir que esa herramienta ocupe el lugar que debería corresponder al practicante.

Hago acá una salvedad importante. No estoy hablando de determinadas corrientes de magia del caos, de sus experimentaciones con tecnología, de la llamada *cyber magick* o de otras formas de vanguardia mágica que han incorporado deliberadamente lo digital como parte de su lenguaje y de su práctica. No es mi área de especialización y, por lo tanto, no pretendo establecer qué lugar debería ocupar allí la inteligencia artificial. Sería contradictorio criticar a otros por hablar desde certezas absolutas y luego hacer exactamente lo mismo sobre un terreno que no conozco en profundidad.

Mi reflexión apunta a otro lugar.

Para quienes transitamos una espiritualidad de carácter animista o espiritualista, la cuestión cambia considerablemente. Si entendemos el mundo como una realidad habitada por presencias, espíritus, fuerzas, inteligencias no humanas y relaciones que se construyen mediante la experiencia directa, entonces una inteligencia artificial generativa no puede convertirse en sustituta del practicante.

Puede ayudarnos a trabajar un texto, ordenar ideas, buscar conexiones, traducir, corregir o incluso facilitar determinados procesos intelectuales. Pero no puede vivir nuestra relación con los espíritus. No puede establecer por nosotros un vínculo con los ancestros. No puede experimentar el territorio, reconocer una presencia, atravesar un trance, sostener una devoción ni desarrollar esa sensibilidad que se construye a través de años de práctica.

Y tampoco debería reemplazar nuestra voluntad.

Porque si comenzamos a delegar en una máquina aquello que constituye el núcleo mismo de nuestra experiencia espiritual, quizá el problema ya no sea simplemente qué herramienta estamos utilizando, sino cuánto de nuestra propia práctica seguimos realizando nosotros.

Hasta acá hablé de los aspectos que considero problemáticos, pero tampoco creo que todo lo relacionado con la inteligencia artificial sea necesariamente negativo. Para mí, la IA no deja de ser una herramienta digital. Una herramienta más, como en su momento lo fueron el corrector ortográfico de Word, los programas de edición de imagen, los traductores automáticos o tantas otras tecnologías que terminamos incorporando a nuestra vida cotidiana.

Y me hago cargo de que yo también la utilizo.

En mi caso, ese uso tiene límites bastante claros. Puedo recurrir a una IA para corregir errores ortográficos, mejorar la redacción de un texto o ayudarme a desarrollar con mayor claridad una idea que ya existe previamente. También puedo utilizarla para explorar una propuesta visual que después termino, modifico y adapto personalmente en Photoshop. En esos casos, la herramienta acompaña un proceso, pero no lo reemplaza.

Y creo que ahí está una diferencia fundamental.

No es lo mismo utilizar una inteligencia artificial para pulir una idea propia que pedirle que piense por nosotros. No es lo mismo recurrir a ella para corregir un texto que pedirle que construya desde cero una experiencia que después vamos a presentar como personal. Tampoco es lo mismo utilizarla como apoyo visual que delegarle por completo una obra, un ritual, una reflexión o una práctica espiritual.

La herramienta puede facilitar el trabajo, ahorrar tiempo o ayudarnos a expresar mejor algo que ya queremos decir. El problema aparece cuando deja de ser una asistencia y comienza a ocupar el lugar de nuestra creatividad, nuestro criterio, nuestra experiencia o nuestra voz.

En ese sentido, no veo a la inteligencia artificial como algo esencialmente distinto de otras herramientas digitales. La cuestión, una vez más, no está únicamente en la tecnología, sino en cómo decidimos utilizarla.

Bajo ningún punto de vista utilizaría una inteligencia artificial para crear por mí un texto, un ensayo o un libro completo, porque considero que es precisamente ahí donde comienza a perderse buena parte de la magia y de la mística que existe detrás del proceso creativo.

Escribir un libro, sobre todo cuando nace de la experiencia personal, de años de práctica, de lecturas, de estudio, de errores, de búsquedas y de cambios de perspectiva, no es simplemente producir una determinada cantidad de páginas. Es un proceso lento. A veces toma meses y, muchas otras, años. Hay ideas que necesitan madurar, experiencias que primero tienen que ser vividas y conceptos que solo terminan de comprenderse después de haberlos atravesado en carne propia.

Y creo que eso es algo que no deberíamos perder.

Podemos utilizar herramientas que nos ayuden a corregir, ordenar o presentar mejor aquello que queremos comunicar, pero el contenido esencial debería conservar nuestro toque humano: nuestras dudas, nuestras contradicciones, nuestra experiencia, nuestra manera particular de observar aquello sobre lo que escribimos. Especialmente cuando hablamos de espiritualidad, magia o práctica esotérica, porque en estos terrenos el conocimiento no siempre se limita a la acumulación de datos. También intervienen la experiencia, la relación personal con determinados símbolos y espíritus, el contexto cultural y el camino recorrido por cada practicante.

Si llega un momento en que necesitamos que una inteligencia artificial nos diga cómo debemos relacionarnos con determinado espíritu, qué deberíamos sentir frente a él, qué significado tiene para nosotros o cómo tenemos que interpretar su mito y su folclore, entonces quizá el problema no esté en la inteligencia artificial.

El problema estaría en nosotros.

La herramienta no tiene la obligación de poner límites a nuestra dependencia de ella. Somos nosotros quienes debemos decidir qué cosas estamos dispuestos a delegar y cuáles forman parte de un camino que necesariamente tenemos que recorrer por nuestra cuenta.

Porque una cosa es pedir ayuda para expresar mejor lo que sabemos. Otra muy distinta es permitir que una herramienta nos diga qué tenemos que pensar, qué tenemos que experimentar o cómo debemos vivir nuestra propia espiritualidad.

Sí, es verdad que la proliferación de libros escritos parcial o totalmente con inteligencia artificial es cada vez mayor, del mismo modo que ocurre con el contenido que circula en redes sociales. Pero, al final, también está en nosotros aprender a distinguir qué consumimos, qué valoramos y qué decidimos incorporar a nuestra propia práctica.

Por eso creo que, más que caer en una guerra a favor o en contra de la inteligencia artificial, lo verdaderamente necesario es mantener un espíritu crítico. No aceptar ciegamente ninguna verdad, venga de una máquina o de una persona. Porque también conviene recordar algo bastante simple: antes de la IA ya existían malos libros, malos maestros, información dudosa y personas que hablaban con una seguridad absoluta sobre temas que apenas comprendían.

La inteligencia artificial no inventó ese problema.

Tampoco creo que alguien sea mejor persona, mejor mago o mejor practicante simplemente porque decide no utilizar IA. Del mismo modo, utilizarla no convierte automáticamente a nadie en una persona sin conocimientos, sin criterio o cuyo trabajo carezca de valor. Reducir la discusión a esos extremos me parece tan pobre como cualquier otra forma de fundamentalismo.

No exageremos ni para un lado ni para el otro.

La herramienta existe y probablemente seguirá formando parte de nuestras vidas. La cuestión está en cómo la utilizamos, cuánto espacio le damos y, sobre todo, qué cosas decidimos no delegar.

En un terreno como la espiritualidad, donde la experiencia personal, la práctica, el estudio y la relación con aquello que consideramos sagrado o espiritual ocupan un lugar tan importante, quizá la mejor postura sea una bastante sencilla: mantener la mente abierta sin renunciar al pensamiento crítico.

Una mente crítica, pero también abierta, probablemente sea la mejor herramienta que tengamos frente a todo esto.

Saludos.

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