Mis recorridos en la espiritualidad mágica (Parte 2)
Luego de dejar la Escuela Científica Basilio, mi interés por el espiritismo continuó, pero de un modo más autodidacta. Comencé a leer a Kardec y frecuenté alguna que otra escuela que seguía su doctrina. Era un poco más de lo mismo y, la verdad, aquella visión religiosa y moralista de las cosas me aburría bastante.
Cuando planteaba mi interés por la magia y lo oculto, ellos solo tenían palabras negativas al respecto. Sostenían que no se podía hacer uso de la mediumnidad de ese modo, porque existía el riesgo de atraer espíritus oscuros que, según decían, solo buscaban obsesionarnos.
Así que, un buen día, me aburrí y dejé todo eso, aunque mi interés por lo oculto seguía en pie. Empezaba mi primer año de secundaria, tenía unos trece años e iba al colegio por la tarde/noche. Todos mis compañeros eran al menos uno o dos años mayores que yo, y la mayoría eran repetidores.
Aquello fue una nueva oportunidad para mí. Ya no había bullying y podía empezar, de alguna manera, desde cero. Así que mi interés por lo oculto decidí mantenerlo para mí. La gente solo sabía que me gustaba el terror, y algunos compañeros más cercanos sabían que estaba empezando a incursionar en la cartomancia.
Así comenzó todo con mi otra gran pasión: la cartomancia. Empecé a frecuentar santerías y locales donde vendían objetos esotéricos, y poco a poco me fui haciendo amigo de algunos de sus dueños. Les preguntaba cosas, y ellos me hablaban de los objetos, de los libros y de todo lo relacionado con ese mundo.
Cada uno tenía sus propias creencias, sus propias visiones y su manera de entender cómo funcionaban las cosas. Era una época en la que todavía no había internet, al menos no como lo conocemos hoy, así que la información llegaba de una forma muy distinta.
Así fue como empecé a preguntarles sobre la magia negra y el Diablo. Sí, mi fascinación por todo aquello no había desaparecido; por el contrario, seguía muy presente. Pero con apenas trece años era complicado: nadie quería contarme demasiado.
Alguna que otra anécdota, algún comentario suelto, pero poco más. Sobre todo porque esos temas estaban bastante mal vistos y no era algo de lo que la gente hablara abiertamente.
Un buen día llegó a mis oídos que, si realmente quería aprender sobre el tema, tenía que conseguir un libro llamado Pactum. No era un libro fácil de encontrar: las librerías no lo tenían en catálogo y solo algunas santerías podían llegar a tenerlo.
Recuerdo que, cuando fui a preguntar por él, la dueña del lugar me dijo: “Es un libro que tengo guardado bajo llave y, bajo ningún concepto, se lo voy a vender a un menor”.
Y así fue. Nunca pude tenerlo en mis manos. Nadie quería vendérmelo.
Pero seguí con mis investigaciones y di con una mujer que leía la baraja española, el típico mazo de cartas que se usa para jugar. Creo que fue la primera vez que alguien me leyó las cartas, y quedé tan fascinado por todo lo que me decía que le confesé que quería aprender.
Ella me enseñó lo básico y también me dijo: “Usá la intuición y dejá que las cartas sean las que te hablen”. Así empecé a leer la baraja española, de a poco, y se la tiraba a todo el mundo.
Cuando en el colegio se enteraron de que “tiraba las cartas”, de golpe me volví bastante popular. Era el cartomante de los recreos.
Al tiempo me compré mi primer mazo de tarot, El Gran Tarot Esotérico, y empecé a aprender a usarlo de a poco. Sorprendentemente, fluía bastante bien, así que durante un tiempo fui alternando entre la baraja española y el tarot.
Sin embargo, yo quería más. No me alcanzaba solo con eso. Entonces me compré mi primer tablero Ouija: era de madera, pirograbado, y me parecía increíble. Como ya tenía algo más de experiencia con este tipo de prácticas, mis sesiones eran mucho más controladas.
Todo esto me abrió las puertas a mis primeras formas de magia práctica: la magia con velas. Recuerdo que me había comprado un libro dedicado al tema que explicaba de todo: colores, formas, tamaños, cómo encenderlas y cómo interpretar lo que ocurría con ellas.
Y ahí empecé con mis primeros hechizos. Eran simples, pero para mí funcionaban. Una de mis hermanas fue mi principal conejillo de indias y, con el tiempo, también lo fueron algunos de mis amigos más cercanos.
Un buen día, y siguiendo con mi interés por lo oscuro, me topé con una nueva santería. El hombre que la atendía parecía saber bastante de estos temas y me recomendó un pequeño libro de la Editorial 7 Llaves. Era sobre San La Muerte, un santo popular al que se le atribuía el poder de hacer tanto el bien como el mal.
Me llevé el libro y lo devoré. Sentí una conexión inmediata con todo aquello. Poco después conseguí una estatuilla y le armé un pequeño altar casero. Le ponía sus velas, sus cigarros, sus flores y, de a poco, fui construyendo una relación con el “santito” que duró muchos, pero muchos años. Tanto, que terminé tatuándomelo en el brazo como un acto devocional.
Si bien todo aquello era maravilloso, todavía no tenía lo que realmente quería: hacer un pacto con el Diablo. Y ustedes se preguntarán cuáles eran mis motivos. Pues bien, era bastante simple: quería convertirme en un hechicero poderoso y, en aquel momento, estaba convencido de que solo el Diablo podía otorgar ese tipo de poderes.
A su vez, siempre supe que el Diablo que yo buscaba no era el Satán de la Iglesia, sino otra cosa. No sabía bien cómo explicarlo, pero sentía que había algo más detrás de esa figura.
Todo cambió cuando, un buen día, fui a hacerme una lectura de tarot con una mujer que me resultaba fascinante por su estética. En un momento me dijo: “Deberías buscar en la Kimbanda. Quizás ahí encuentres algo más cercano a lo que estás buscando”.
Y así se abrió una puerta que iba a cambiar por completo mi manera de entender la realidad…
D.B
