¿Qué pasó con Diario de un Brujo?

Debo ser honesto, como siempre he intentado serlo con quienes me leen: no sabía si escribir esto o no. Le he dado muchas vueltas a este asunto durante bastante tiempo, pero hoy sentí que sí, que quería hacerlo. Para los muchos o pocos que todavía pasan por este espacio, creo que corresponde dar alguna explicación sobre qué pasó durante todo este tiempo y por qué dejé de escribir.

Quiero comenzar aclarando algo bastante simple: no me pasó nada. No hubo ningún problema puntual, ninguna crisis personal ni ningún acontecimiento concreto en mi vida que me llevara a alejarme de Diario de un Brujo. Simplemente no tenía ganas de escribir. Y aunque pueda sonar como una explicación demasiado sencilla, la verdad es que eso fue exactamente lo que ocurrió.

Durante mucho tiempo sentí que Diario ya había dicho lo que tenía que decir. También sentía que yo, como practicante, había dado y aportado aquello que podía o, al menos, aquello que en su momento creía necesario compartir. Después de tantos años escribiendo, enseñando, reflexionando y exponiendo una parte importante de mi recorrido, llegó un momento en el que ya no encontraba demasiado sentido en seguir produciendo contenido solamente por mantener el espacio activo. No quería escribir por obligación, por costumbre o porque se suponía que debía hacerlo.

Y cuando uno siente que ya no tiene nada genuino que decir, quizás lo más sensato sea guardar silencio por un tiempo.

Intentaré ser claro. Diario de un Brujo nació, hace más de quince años, como un blog de traducciones, en una época en la que yo estaba dando mis primeros pasos dentro del Sendero Draconiano. En aquel entonces, gran parte del material que me interesaba estudiar y practicar solo estaba disponible en inglés, y el blog surgió, en buena medida, como una forma de compartir esos textos y acercarlos a otras personas que estaban recorriendo caminos similares.

Con el tiempo, como sucede con casi todo, Diario fue cambiando. Dejó de ser solamente un espacio de traducción y empezó a convertirse en algo mucho más personal. Comencé a dar mi propia opinión, a desarrollar mi visión sobre ciertos temas, a cuestionar algunas ideas y a defender otras. Compartí guías, rituales, reflexiones, experiencias, errores, descubrimientos y también cambios de perspectiva. En cierto modo, el blog terminó acompañando mi propio recorrido como practicante, mostrando no solamente aquello que estudiaba o hacía, sino también la manera en que mi pensamiento iba evolucionando con los años.

Y creo que eso es importante entenderlo, porque Diario de un Brujo nunca fue un proyecto completamente separado de mi práctica personal. Siempre estuvo profundamente ligado a ella. Lo que aparecía allí era, de una forma u otra, un reflejo de aquello que me interesaba, de lo que estaba explorando y del lugar desde el cual entendía la magia en cada momento de mi vida.

Durante el último tiempo empecé a sentir que Diario de un Brujo, de alguna manera, se había ido para otro lado. Me costaba reconocerme del todo en lo que hacía y, sobre todo, sentía que ya no podía ser completamente yo mismo. Había una especie de expectativa, quizás real o quizás construida por mí después de tantos años, de que tenía que seguir hablando de determinados temas, de demonios, Qliphoth, Senda de Mano Izquierda, Sendero Draconiano y todo ese universo que durante muchísimo tiempo formó parte central de mi práctica y también de la identidad del blog.

Pero quiero decir algo con total claridad: ya no soy parte de todo eso.

Hace ya algunos años que dejé ese sendero. Mi vida cambió, y con esos cambios también cambió mi espiritualidad, mi manera de entender la magia y, sobre todo, la forma en la que quiero vivirla. No hubo una ruptura dramática, no hubo enojo, resentimiento ni una necesidad de renegar de lo que fui. Tampoco considero que todo aquello haya sido una pérdida de tiempo. Al contrario, fue una etapa muy importante de mi vida, me formó en muchos sentidos, me dio herramientas, experiencias, conocimientos y una visión que todavía forma parte de quién soy.

Simplemente llegó un momento en el que dejó de llenarme.

Y creo que eso también hay que saber aceptarlo. Hay cosas que durante años pueden ser profundamente significativas para nosotros y que, con el tiempo, dejan de serlo. No porque fueran falsas, ni porque hayamos estado equivocados, sino porque uno cambia. Lo que alguna vez fue nuestro lugar puede dejar de serlo. Aquello que antes nos apasionaba puede comenzar a sentirse ajeno, y seguir sosteniéndolo solamente por fidelidad al pasado termina convirtiéndose en una especie de obligación.

Eso fue lo que me ocurrió. Durante mucho tiempo el Sendero Draconiano, la Senda de Mano Izquierda y todo lo relacionado con ellos fueron lo mío. Los estudié, los practiqué, escribí sobre ellos y dediqué una parte enorme de mi vida a explorarlos. Pero hoy ya no me representan. Fueron parte de mi camino, pero ya no son el camino que estoy recorriendo.

Y probablemente una de las razones por las que dejé de escribir fue justamente esa contradicción. Sentía que Diario esperaba una versión de mí que ya no existía, mientras que yo todavía no sabía muy bien cómo darle lugar a la persona y al practicante en el que me había convertido.

Dejando esto en claro, creo que es fácil entender por qué Diario había perdido, al menos para mí, buena parte de su sentido. ¿Para qué sostener un blog construido alrededor de una espiritualidad que ya no forma parte de la vida de quien lo escribe? ¿Para qué seguir alimentando una identidad con la que uno ya no se siente representado?

Por eso simplemente decidí ponerlo en pausa. No hubo una despedida formal ni una decisión definitiva de cerrarlo para siempre. En realidad, ni siquiera sabía muy bien qué hacer con él. Necesitaba alejarme, dejar de sentir la obligación de escribir y permitir que las cosas encontraran su lugar por sí solas.

Y, para ser sincero, todavía no sé del todo qué va a pasar con Diario de un Brujo. No tengo claro si continuará de manera regular, si volverá a tener una actividad más constante o si simplemente quedará como un espacio al que regresar de vez en cuando. Supongo que, si en algún momento siento que tengo algo que realmente quiero decir, compartir o desarrollar, lo haré. Pero ya no quiero escribir por cumplir, por mantener una frecuencia o por responder a una expectativa.

Si Diario continúa, tendrá que hacerlo desde otro lugar, uno que tenga sentido para quien soy hoy y no para quien fui hace diez o quince años.

Si se lo están preguntando, sí, sigo teniendo una espiritualidad mágica y sigo siendo practicante, pero hoy estoy parado en otro lugar. Mi manera de relacionarme con la magia cambió, mis intereses cambiaron y también cambió aquello que busco dentro de una práctica espiritual. Pero, a diferencia de lo que hice durante muchos años, hoy no tengo demasiadas ganas de hacer difusión sobre ese aspecto de mi vida.

Y no es porque exista algún secreto que deba proteger, ni porque considere que aquello que hago sea algo que nadie pueda conocer. Es mucho más sencillo que eso: es mío. Pertenece a mi vida privada, a mi práctica, a mi relación con lo espiritual y con aquello que forma parte de mi mundo mágico.

Durante mucho tiempo tuve la necesidad de compartir casi todo: aquello que estudiaba, lo que descubría, las experiencias que tenía, los rituales que realizaba, las ideas que iba desarrollando. Hoy ya no siento esa necesidad. De hecho, con el paso de los años he llegado a valorar mucho más la posibilidad de guardar determinadas cosas para mí.

Vivimos en una época en la que parece que todo tiene que ser mostrado, explicado, publicado y convertido en contenido. Si aprendemos algo, pareciera que tenemos que enseñarlo; si vivimos una experiencia, tenemos que contarla; si comenzamos una práctica, tenemos que mostrarla. Y yo ya no siento que tenga que funcionar de esa manera.

Hay experiencias que ganan profundidad precisamente porque permanecen en el ámbito de lo personal. Hay relaciones espirituales, prácticas, creencias y vivencias que no necesitan espectadores ni explicación. No todo aquello que tiene valor necesita ser compartido, y no todo aquello que uno conoce tiene necesariamente que convertirse en material para otros.

Quizás este haya sido también uno de los cambios más importantes en mi forma de entender mi propia espiritualidad: aprender que puedo vivirla plenamente sin necesidad de exponerla. Puedo estudiar, practicar, experimentar, cambiar, equivocarme y descubrir nuevas cosas sin sentir que después tengo que sentarme frente a una pantalla para explicarlas.

Después de tantos años compartiendo una parte considerable de mi recorrido, hoy encuentro mucho valor en reservarme ciertas cosas. No desde el secretismo ni desde una falsa idea de misterio, sino simplemente desde la intimidad. Porque algunas cosas son mías, y está bien que sigan siéndolo.

Creo que quienes todavía me leen merecían una explicación sobre todo esto. Después de tantos años compartiendo textos, ideas, experiencias y partes importantes de mi recorrido, simplemente sentía que no estaba bien desaparecer sin decir nada, como si nada hubiera cambiado.

Sigo adelante, sí, pero desde otro lugar. Fuera de las dicotomías de los senderos, lejos de los maniqueísmos, de la necesidad de definirlo todo en términos de luz y oscuridad, derecha e izquierda, correcto e incorrecto. Hoy mi espiritualidad pasa por otro sitio, uno bastante más personal, más libre y también más acorde con quien soy ahora.

No necesito que tenga una etiqueta perfecta ni que encaje dentro de una categoría determinada. Me alcanza con saber que es una forma de espiritualidad mágica que me suma, que me llena, que me permite crecer y que, sobre todo, me permite sentirme pleno dentro de mi propia práctica.

Supongo que, al final, de eso se trata también caminar un sendero espiritual durante muchos años: no de quedarse en el mismo lugar por fidelidad a lo que uno fue, sino de permitirse cambiar cuando ya no somos la misma persona.

Gracias a quienes estuvieron, a quienes siguen estando y a quienes alguna vez encontraron algo útil en estas páginas.

Saludos a todos.

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