Misticismo y Revelaciones
El ocultismo moderno, y el no tan moderno, está plagado de misticismo, revelaciones divinas y mensajes del Otro Lado, pero: ¿es esto útil?, ¿es esto real?, ¿o solo es el producto de nuestra imaginación? Este tipo de información que proviene de una supuesta fuente más allá de la realidad cotidiana, revelada por el mundo espiritual o por entidades, se suele conocer también como Gnosis Personal No Verificada. Dicho de otro modo, se trata de experiencias y mensajes que solo tienen valor para la persona que los recibe, y que no necesariamente se sostienen fuera de su esfera individual.
Ahora bien, no todo se queda en lo estrictamente personal. Existe también lo que podríamos llamar Gnosis Personal Compartida, que es cuando esas revelaciones o experiencias son vividas por varios practicantes dentro de un mismo grupo o sistema mágico, generando una suerte de validación interna entre pares. Y en un nivel aún más raro y controvertido, encontramos la Gnosis Personal Verificada: esa que logra atravesar el tiempo y el consenso y termina plasmada en grimorios, escrituras o símbolos aceptados como «auténticos» dentro de una tradición. Ejemplos sobran: desde el Libro de la Ley de Aleister Crowley, hasta los sigilos y nombres que aparecen en los grimorios medievales, que hoy muchos aceptan como si hubieran sido dictados directamente por los espíritus que representan.
El problema es que damos por sentado que todo esto es “verdadero” solo porque es antiguo, o porque otros lo validaron antes que nosotros. Y aquí está el primer gran error: lo antiguo no es más válido por el simple hecho de serlo, es apenas más viejo. Lo que llamamos “tradición” no es garantía de eficacia, es apenas un legado. Los textos y símbolos heredados son útiles porque otros los probaron y construyeron un cuerpo de trabajo a su alrededor, pero eso no los hace universales, ni infalibles, ni tampoco “más reales” que lo que alguien pueda recibir en un estado de trance en la actualidad.
En la modernidad, sin embargo, lo que suele suceder es que se mira con cierto desprecio a quienes dicen haber recibido un ritual, un símbolo o incluso una revelación directa de tal o cual espíritu. Hay una suerte de romanticismo con lo antiguo, como si lo moderno fuese pura fantasía. A ver, esto puede ser así… o no. La imaginación del practicante siempre está en juego, y es imposible separar tajantemente lo que viene “del Otro Lado” de lo que surge del inconsciente. Pero eso mismo también pasaba en la Edad Media. Los grimorios no son menos humanos solo porque tengan unos siglos encima.
Lo importante, entonces, no es si la gnosis es antigua o moderna, sino si es útil. Una revelación personal puede ser una joya para tu desarrollo espiritual, pero eso no la convierte en una verdad para el resto del mundo. En la mayoría de los casos, la gnosis debería quedarse en la esfera privada del practicante. Compartirla públicamente solo tiene sentido si el mismo espíritu lo exige de forma clara —y aún así, conviene analizar si ese mandato no es apenas un juego mental del ego. Porque es muy fácil caer en la trampa de sentirse un elegido, un profeta, o el mensajero de una entidad que quiere “salvar a la humanidad”. Y lo cierto es que la historia reciente y las redes sociales están llenas de autoproclamados gurús, que más que transmitir sabiduría terminan construyendo sectas personales y buscando seguidores acríticos.
La clave, entonces, es la responsabilidad. Incluso cuando el mensaje es personal, no deberías aceptarlo ciegamente. Hay que diseccionarlo, someterlo a prueba, contrastarlo con tu experiencia y con la lógica. Si un espíritu viene y te revela una obviedad —algo que ya sabías—, entonces no hay gran revelación ahí. Si lo que propone es absurdo, peligroso o imposible de integrar en tu vida cotidiana, lo más probable es que sea un juego de tu mente, un eco de tu deseo inconsciente, o directamente una trampa. El verdadero trabajo ocultista no está en acumular mensajes grandilocuentes, sino en filtrar, probar y aplicar lo que tiene sentido.
Y acá entra en juego lo que llamo “el misticismo”, entendido en un sentido amplio. El camino místico es ese que busca la gran revelación, el contacto con lo divino, la comprensión del cosmos. Es legítimo, claro que sí, y puede generar cambios alquímicos profundos en el practicante. Pero cuidado: si esas revelaciones no se traducen en algo tangible en tu vida, en algo que puedas vivir, sostener y aplicar, lo único que estás haciendo es entretener tu mente con visiones bonitas.
Porque, seamos realistas: no somos monjes aislados en un monasterio, ni ascetas orientales que buscan desprenderse del mundo material. La mayoría de los que practicamos magia vivimos insertos en una sociedad moderna, con trabajos, alquileres que pagar, relaciones que mantener, problemas reales que resolver. No sirve de mucho que un dios cósmico te revele el funcionamiento secreto del universo si al final del día no eres capaz de pagar tus cuentas, tener una vida estable, o construir vínculos humanos que te sostengan.
Por eso digo que la magia, el misticismo y la gnosis personal sirven solo cuando logran producir un cambio real en tu mundo personal. Si el poder que invocas, las visiones que recibes o las revelaciones que experimentas no te hacen más libre, más fuerte, más dueño de ti mismo y de tu vida, entonces lo que estás viviendo es una ilusión. Y ojo: no digo que esté mal tener ilusiones, todos necesitamos símbolos, mitos y sueños. Pero no confundamos las fantasías con resultados. La magia es práctica, no solo teoría; es transformación, no solo inspiración.
Al final, no estamos aquí para salvar al mundo ni para iluminar a la humanidad entera. No somos redentores, ni predicadores, ni mesías. Somos practicantes de lo oculto, y nuestro deber primero es con nosotros mismos: con nuestro camino, con nuestro crecimiento y con nuestra vida. Y si en ese proceso ayudamos a otros, bienvenido sea. Pero que no se nos olvide lo esencial: la gnosis, el misticismo y la magia valen en la medida en que nos vuelven más humanos, más poderosos, más capaces de navegar la realidad que nos toca vivir.
Gracias por leer.
Daemon Barzai