El Pensamiento Crítico en la Espiritualidad Mágica
Pensar en espiritualidad mágica y, al mismo tiempo, hablar de pensamiento crítico suele parecer, a primera vista, una paradoja. Como si una cosa anulara a la otra. Sin embargo, no solo no es así, sino que creo profundamente que una práctica mágico-espiritual sana, madura y viva necesita del pensamiento crítico para no convertirse en dogma, en fanatismo o en una repetición vacía de fórmulas. De eso quiero hablar hoy: de la importancia de desarrollar un pensamiento independiente, juicioso, propio, lejos de totalitarismos espirituales, de verdades absolutas y, sobre todo, lejos de los dogmas. Y también de cómo integrar este pensamiento crítico con la espiritualidad mágica, no como fuerzas opuestas, sino como elementos complementarios que enriquecen y profundizan la práctica.
Lo primero que conviene tener claro es que no existe una idea más válida que otra ni un credo intrínsecamente superior al resto. Cada persona, cada grupo y cada tradición surge como una forma particular de interpretar algo tan vasto, complejo y escurridizo como la experiencia mágico-espiritual. Estas interpretaciones no son estáticas: cambian, mutan, se transforman, se mezclan o se separan con el paso del tiempo. Muchas nacen para dar respuesta a preguntas concretas de una época y un contexto determinado. Hoy solemos hablar, por ejemplo, de modelos animistas, espiritualistas, energéticos o psicológicos como formas de explicar cómo y por qué funciona la magia. El animismo suele considerarse el más antiguo; el modelo psicológico, uno de los más modernos. Algunos practicantes se mueven cómodamente entre varios de estos marcos, otros prefieren ceñirse a uno solo. En el fondo, es una cuestión de afinidad, sensibilidad y experiencia personal.
El pensamiento crítico entra en juego justamente para recordarnos que pensar por nosotros mismos es fundamental. No se trata de aceptar de manera automática y acrítica lo que diga un libro, un grupo, un maestro o un influencer esotérico con miles de seguidores. No existe una verdad absoluta que alguien pueda entregarnos ya cerrada y empaquetada. Y esa búsqueda obsesiva de una verdad única muchas veces termina apagando lo más importante: la experiencia directa, viva y personal de lo mágico. Ningún modelo, ninguna escuela y ninguna tradición posee la verdad. En el mejor de los casos, todas son interpretaciones parciales de algo que excede lo ordinario, lo físico y lo material. Todo lo que aprendemos, todo lo que nos enseñan, es siempre la expresión de una subjetividad individual o colectiva.
Aquí hay un punto clave que diferencia a la espiritualidad mágica de las religiones institucionalizadas: no hay intermediarios. No hay un clero, un profeta o una figura obligatoria entre el practicante y el mundo espiritual, sea que entendamos ese mundo como una realidad autónoma con conciencia propia o como un lenguaje simbólico del inconsciente. Estamos solos frente a nuestra práctica. Y eso, aunque liberador, también la vuelve más compleja. Por eso muchas personas buscan constantemente validación externa: alguien que les diga si van bien o mal, cómo interpretar un sueño, una visión o una experiencia. Y si bien es lógico recurrir a quienes tienen más recorrido o experiencia, nadie puede dictaminar con autoridad absoluta el valor de lo que otro vive. A lo sumo, obtendremos una interpretación ajena, nunca una verdad final.
El pensamiento crítico también implica cuestionar a las personas. Y aquí conviene decirlo sin vueltas: somos humanos. Todos. No importa cuán avanzado alguien esté en un camino espiritual, cuántos rituales haya hecho o cuántos títulos simbólicos ostente. Al final del día, todos dormimos, comemos, enfermamos y lidiamos con nuestras propias sombras. Eso nos iguala. No existen figuras incuestionables. Ningún maestro, autor o referente debería quedar exento de ser interrogado, incluso cuando admiramos profundamente su trabajo. Alguien puede ser brillante y, aun así, equivocarse, omitir cosas o decir algo que simplemente no nos cierra. Y no pasa nada. No aceptar ciegamente lo que otros dicen no es una falta de respeto; muchas veces es un acto de honestidad con uno mismo.
Ahora bien, hablar de pensamiento crítico no es una invitación al caos ni a la falta de rigor. El dogma es un problema serio en la espiritualidad mágica, pero su opuesto no es el “vale todo”. No se trata de tomar lo que nos gusta de aquí y de allá y armar un cóctel incoherente solo para sentirnos especiales. Las tradiciones cerradas existen y deben ser respetadas. Si un sistema exige una iniciación formal, una transmisión concreta o determinados compromisos, eso forma parte de su estructura. No podemos pretender pertenecer a una tradición ignorando deliberadamente sus reglas. Hacerlo no solo es una falta de respeto hacia esa vía, sino también hacia uno mismo. Engañarse diciendo “soy parte de esto” cuando en realidad no lo somos solo genera estancamiento. Si algo nos llama de verdad, lo honesto es recorrer el camino necesario para entrar de forma legítima.
Tener una mente abierta y una actitud crítica tampoco significa descalificar automáticamente a quien piensa distinto. Que alguien practique de otro modo, interprete la magia desde otro marco o viva experiencias diferentes no lo vuelve incorrecto ni nos coloca en una posición de superioridad. No todo nos va a convencer, incluso dentro de prácticas similares a las nuestras, y eso es normal. La experiencia mágico-espiritual es subjetiva por naturaleza. Cuando algo no nos cierra, en lugar de caer en la crítica destructiva, quizás lo más sano sea simplemente ocuparnos de lo nuestro y dejar que el otro transite su camino. Entender la diferencia como diversidad y no como amenaza es una señal de madurez espiritual.
Otro punto donde suele fallar el pensamiento crítico es la idealización de lo antiguo. Existe una tendencia a creer que, por el solo hecho de ser antiguo, algo es más auténtico, más poderoso o más verdadero. Y no necesariamente. Lo antiguo es, ante todo, una expresión de su tiempo, de una cosmovisión concreta, con sus límites y sus virtudes. Puede inspirarnos, emocionarnos o impulsarnos a reconstruir prácticas del pasado con respeto y dedicación. Pero cualquier persona que haya trabajado seriamente en reconstruccionismo sabe que siempre hay huecos, silencios y fragmentos perdidos que deben ser completados con experiencia personal. Y eso no es un defecto, es parte del proceso. Del mismo modo, hay quienes se sienten más cómodos con enfoques modernos, simbólicos o psicológicos, porque encajan mejor con la mentalidad contemporánea. Para muchos resulta más aceptable hablar de arquetipos, símbolos o procesos internos que afirmar que el espíritu de un árbol reveló un ritual específico. ¿Cuál enfoque es mejor? Ninguno y ambos. Depende de la sensibilidad, la cultura y las preferencias de cada practicante. Lo que sí debería existir es tolerancia, respeto y ausencia de fanatismo.
Nada en la espiritualidad mágica es blanco o negro. No todo puede reducirse a dicotomías como Sendero de la Mano Izquierda versus Sendero de la Mano Derecha. Existen innumerables caminos que no se identifican con esas categorías y no necesitan hacerlo. La brujería tradicional y folclórica es un ejemplo claro, pero también muchas formas de paganismo reconstruccionista, neopaganismo o animismo espiritual. No todos buscan convertirse en dioses, escapar de una supuesta cárcel cósmica ni fundirse con un todo universal. Y eso está bien. Forzar prácticas dentro de marcos filosóficos que no les corresponden solo genera confusión y empobrecimiento espiritual.
Creo que lo ideal es cultivar una mente abierta, estudiar, investigar y cuestionar desde el respeto. No aceptar verdades ajenas como absolutas, pero tampoco caer en la negación constante. Tener una mirada crítica sobre lo que hacemos, sobre nuestras propias experiencias y creencias, es tan importante como creer en nuestra práctica. La fe en lo que hacemos es fundamental, pero ponerlo a prueba, observarlo y reflexionarlo lo es aún más. Creo sinceramente que es posible vivir una espiritualidad mágica profunda, intensa y significativa sin perder los pies de la tierra y con las ideas claras. Y, quizás, ese equilibrio sea uno de los mayores actos de magia que podemos realizar.
Daemon Barzai
