El Trabajo con Demonios

En esta modernidad mágica en la que estamos parados, cada vez más personas sienten el deseo —o al menos la curiosidad— de entender la naturaleza de esos espíritus que solemos llamar “demonios”. Algunos se acercan por hambre de poder, otros por necesidad, otros por fascinación estética (sí, también existe eso), y muchos porque intuyen que ahí hay un tipo de inteligencia espiritual que no encaja en los marcos devocionales clásicos. Las motivaciones pueden ser tantas como practicantes.

Además, vivimos un momento cultural donde se intenta reivindicar lo oscuro, lo prohibido, lo expulsado del templo. Figuras que fueron etiquetadas como “el Mal” por religiones imperativas hoy son re-leídas como fuerzas antiguas, deformadas por propaganda teológica. Y acá conviene decirlo sin vueltas: hay una parte de verdad y una parte de romanticismo. La línea es delgada. A veces lo que se presenta como “rescate histórico” es, en realidad, una necesidad emocional moderna buscando raíces a cualquier precio. Y ojo: que algo sea moderno no lo vuelve falso ni inútil. Pero sí exige honestidad.

Por eso, si queremos trabajar con demonios de forma seria, conviene arrancar con lo básico: entender de dónde viene la idea de demonio, cómo se formó, quién la escribió, con qué agenda, y cómo se mezclaron folclore, teología, política, miedo social y literatura. No para volver al moralismo maniqueo, sino para tener un mapa completo antes de caminar.

Partiendo de una base no dogmática, hay que aceptar algo que a muchos les incomoda: no existe una única visión de estos espíritus, ni un único modo de aproximación, ni una “naturaleza universal” que todos vayan a experimentar igual. Un practicante puede encontrarse con un espíritu y describirlo como iniciador, severo pero justo; otro, con el mismo, puede vivirlo como una presencia invasiva, confusa o incluso desagradable. Y no necesariamente uno miente: el mundo espiritual es profundamente subjetivo, y el contacto no ocurre en vacío: ocurre a través de la psique, la sensibilidad, el contexto, el modelo mágico, el momento vital y el nivel real de entrenamiento.

También importa desde dónde se trabaja. No es lo mismo una aproximación desde magia ceremonial clásica (con sus protocolos, círculos, constricciones, triángulos, licencias y “expulsiones”) que un abordaje más moderno, devocional o relacional. Y tampoco todo lo moderno es “Senda de Mano Izquierda”: hay tradiciones contemporáneas que interpretan a estos espíritus desde marcos psicológicos, animistas, goéticos, luciferinos, demonolátricos, e incluso desde modelos híbridos. Cada uno trae consecuencias distintas, y cada uno fabrica un tipo de vínculo distinto.

Ahora, si paramos un segundo y miramos con crudeza, hay algo que hay que decir: la idea promedio que la gente tiene sobre demonios no viene de la historia de las religiones, viene del cine de terror. Hollywood y compañía hicieron más “catequesis demonológica” que cualquier seminario. Años y años de ver demonios como monstruos que rompen paredes, tiran platos, poseen gente como puerta de entrada al mundo físico, y cuyo objetivo principal sería quedarse con “tu alma inmortal” como si fuese un NFT metafísico.

Yo disfruto muchísimo el cine de terror. Pero soy plenamente consciente de que es eso: entretenimiento. Explota miedo, ignorancia, sugestión colectiva y el morbo de lo desconocido. De ahí podés rescatar diversión, estética, tensión narrativa… pero no un manual operativo. Así que mi primera recomendación es simple: separá la ficción del trabajo real. No porque la ficción sea “mala”, sino porque no describe cómo funciona el vínculo con espíritus. Y si mezclás ambos mundos, te armás una jaula mental.

Antes de lanzarte de cabeza a llamar “a todo el panteón demoníaco” que aparezca en grimorios medievales, hay un paso que casi nadie quiere hacer porque no da dopamina: preguntarte qué carajo estás haciendo. ¿Cuáles son tus objetivos? ¿Por qué querés trabajar con estos seres? ¿Qué entendés por “demonio”? ¿Buscás aprendizaje, resultados concretos, transformación interna, contacto con lo numinoso, o solo sentirte especial? Parece obvio, pero no lo es.

Vivimos en una época obsesionada con la gratificación instantánea, incluso en la espiritualidad. Y es triste ver gente saltando de espíritu en espíritu como si fueran figuritas. Hoy “me habla” uno, mañana “me eligió” otro, pasado “me coronó” otro… y al mes están quemados, paranoicos, o inventándose señales para sostener una novela interna. Si querés hacer esto en serio, primero hacete esas preguntas incómodas. Son el primer acto de magia adulta.

Cuando eso está más o menos claro, recién ahí viene la siguiente decisión: con qué tipo de demonios querés trabajar. Y sí: esto implica estudio. Porque al final, como con cualquier espíritu, hay intercambio. No es “llamar por llamar”. Es acercarte al que encaja con tu fin y con tu temperamento. Y para eso necesitás teoría: comparar fuentes, entender el contexto de los textos, leer descripciones, jerarquías, funciones, atribuciones, y hacer una exégesis decente de grimorios y material tradicional sin tragarte todo como dogma ni descartarlo como “cuento viejo”.

Después aparece otra pregunta central, y esta sí cambia todo: qué tipo de relación querés tener. Algo corto, transaccional (una petición clara, una ofrenda, un acuerdo simple y cierre), o una relación a largo plazo (devoción, altar, santuario, vínculo sostenido). Ninguna es “mejor”. La primera es históricamente reconocible: aparece en hechicería antigua, en prácticas de magia ceremonial y en relatos de pactos y arreglos. La segunda es mucho más moderna como fenómeno extendido: altares permanentes, cultos personales, prácticas devocionales sistemáticas.

Acá también conviene romper una fantasía. Muchos relatos sobre “diabolistas” medievales o “adoradores de demonios” pertenecen más al mito, la propaganda inquisitorial y el rumor social que a un registro histórico confiable. En la modernidad, en cambio, sí vemos desarrollos claros: demonolatría, luciferismo, satanismos teístas y otros modelos afines (o dialogantes) con la Senda de Mano Izquierda. Esto se vuelve visible con fuerza hacia fines del siglo XX y se diversifica mucho en las décadas siguientes. ¿Es malo que sea moderno? No. Lo malo es fingir que es una práctica ininterrumpida desde “la noche de los tiempos” cuando no hay evidencia sólida de eso. Podés inspirarte en folclore, en grimorios, en mitos… pero no hace falta mentirte a vos mismo para legitimar lo que hacés.

Tomando todo lo anterior, recién ahí podemos hablar de naturaleza.

Esta es mi mirada, basada en experiencia y trabajo: no creo que los demonios sean agentes del mal buscando el sufrimiento humano. No creo que sean “caos puro” en el sentido infantil de la palabra. Pero tampoco creo que sean “seres de luz incomprendidos” que quieren que la humanidad evolucione por amor cósmico. Eso es otra caricatura.

Los demonios, como muchos otros espíritus, no pertenecen a nuestra cotidianeidad. Habitan realidades espirituales distintas, y se accede a ellas con técnicas concretas: trance, sueño, evocación, proyección, scrying, oráculo, sigilos, nombres, imágenes, umbrales. Y algo clave: tienen agenda. Intereses propios. No están “disponibles 24/7” para atender caprichos. A veces responden. A veces no. A veces te prueban. A veces te ignoran. Y eso también es parte del aprendizaje.

Además, “demonio” es una etiqueta amplia. Una cosa son los listados goéticos y los demonios de tradición grimorial europea; otra son entidades similares en otras culturas; otra son espíritus liminales que la gente mete en esa bolsa por comodidad. Por eso el estudio importa: para no confundir categorías, ni creerte que todo lo “oscuro” es lo mismo.

Respecto a formas: los hay masculinos, femeninos, andróginos o sin género identificable. Muchos se presentan como cambiaformas: la apariencia puede depender de su intención, del método de contacto, del simbolismo que uses, o directamente del umbral perceptivo del operador. Los hay pestilentes, deformes, severos, hostiles. También los hay seductores, bellos, “amables” —y ahí, ojo, porque lo amable a veces es estrategia, y a veces es simplemente… su modo.

En general, los considero amórales: no operan bajo nuestra moral humana. El barniz moral suele ser proyección humana más que esencia espiritual. Eso no significa que sean “buenos”. Significa que no juegan a nuestro juego. Y sí, trabajar con ellos tiene riesgos reales. No por película, sino por dinámica espiritual y psicológica: obsesiones, distorsiones perceptivas, dependencia, disociación, paranoia, inflación del ego, agotamiento, y también fenómenos espirituales desagradables. Por eso recomiendo base previa en práctica mágica general y una tradición concreta que te dé estructura.

En cuanto a métodos de contacto, hay muchos.

La evocación ceremonial busca una “aparición” en el plano físico, pero conviene entenderlo bien: rara vez es una materialización literal. Es más bien una presencia densa, casi palpable, en el espacio mágico. Eso depende mucho del operador y de su capacidad perceptiva. En marcos más modernos o menos estructurados, podés usar oráculos, trabajos de sueño, proyecciones hacia sus reinos, meditaciones con símbolos, escritura automática, scrying, trance dirigido, e incluso prácticas de “canalización” (usada con cautela, porque se presta a autoengaño si no tenés disciplina). Todo eso puede servir, pero sirve cuando hay criterio, registro y prueba.

Para reducir riesgos, lo principal es simple, aunque no sea glamoroso: no te obsesiones. Un trabajo progresivo, con los pies en la tierra, es más poderoso que una “noche épica” llena de humo y sugestión. También conviene mantener juicio claro sobre lo que recibís: que algo venga “del otro lado” no lo vuelve verdad absoluta. Las cosas se cuestionan, se verifican, se ponen a prueba en la realidad. Si algo tiene relevancia, lo tendrá para tu vida, tu camino, tu proceso.

Y acá va una regla práctica que vale oro: si un supuesto demonio exige cosas incoherentes, sacrificios extremos, violencia, autolesión, delito, romper tu vida de forma destructiva o cruzar límites éticos básicos, frená. Ahí no hay nada “iniciático”: hay confusión. Puede ser un espíritu oportunista, puede ser contaminación psíquica, puede ser sugestión, puede ser un problema psicológico, o un mix de todo. Sea lo que sea: detenerse es inteligencia, no cobardía. El trabajo serio no te pide que te arruines: te pide que te transformes con lucidez.

A la vez, lo que se promete, se cumple. No prometas pavadas por emoción ritual. En magia, las palabras pesan. Los espíritus tienden a tomar literalmente lo que decimos. Y nadie quiere un vínculo torcido por falta de criterio. La idea no es “dominar” ni “servilizar”: buscás aliados, maestros, compañeros, o al menos interlocutores. El intercambio es esencial: ofrendas simples (velas, incienso), tabaco, bebidas, comida, tiempo devocional, pero también creación (un poema, una pintura, una pieza musical), o un altar construido con intención. Las opciones son muchas. Lo importante es que el gesto sea real, coherente y sostenido.

El trabajo con demonios, si querés hacerlo bien, empieza con uno. Uno. No varios. Y empieza con cosas simples: contemplar el sello, familiarizarte con el nombre, repetirlo como mantra, encender una vela, quemar incienso, invitar con respeto, declarar intención sin teatralidad. Después observar: sueños, estado emocional, sincronicidades (sin convertir cada mosca en señal), cambios en tu enfoque, en tu disciplina, en tu entorno. Esto lleva días, semanas, meses. No es “una vez y listo”. Si no estás dispuesto al compromiso, mejor no empieces. Nadie serio tiene resultados espectaculares en 24 horas. Y si alguien te lo vende así, te está vendiendo humo.

Cuando hay un primer contacto real, ahí sí podés profundizar: abrir diálogo más fluido, trabajar con oráculo específico, establecer acuerdos concretos, o pedir ayuda para un objetivo definido. Pero siempre con registro, con criterio, con límites claros.

Sobre destierros: yo no soy partidario de expulsar por deporte. Los rituales de banishing pertenecen a un marco ceremonial específico, popularizado por la Orden Hermética de la Aurora Dorada y luego por Crowley y sus herencias. Expulsar es expulsar, y a veces es un acto de mala educación si lo aplicás como reflejo automático. Ahora bien: una cosa es destierro, otra es higiene mágica. Limpiar el espacio, descargarte, re-centrarte, cerrar ritualmente, sí: eso no es “insultar” al espíritu, es cuidarte vos. Acá entra la perspectiva de cada practicante y su modelo. Yo prefiero cierre, orden y limpieza antes que “¡fuera de acá!” como gesto estándar.

También es clave elegir el demonio adecuado para tu objetivo. Si buscás sabiduría, enfocate en espíritus de enseñanza, guía, iniciación. Si buscás carisma, deseo, magnetismo, hay otros perfiles. Mirá descripciones: temperamento, afinidades, si se lo considera diurno/nocturno, días de la semana, atribuciones planetarias, metales, colores, hierbas, animales, perfumes. No porque sea “ciencia exacta”, sino porque todo eso arma un lenguaje simbólico que facilita el contacto y te ordena el ritual.

Mi última recomendación es simple: entrá con la mente abierta, entendiendo que “demonios” es una categoría entre muchas. Andá paso a paso. Respeto, sí; temor, no. Trabajar con miedo casi siempre te fabrica una experiencia mala, porque el miedo alimenta distorsión, sugestión y paranoia. Cuestioná lo que recibas, pero cuestioná con lógica y con respeto. Y por lo demás, hacé lo que todo practicante debería hacer siempre: trabajá, registrá, aprendé, corregí, y seguí.

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